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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

visitante había entrado, sin llamar, y subido algunos peldaños. Parecia vacilar. De repente, lo oimos que se volvia. Dupin corrió a la puerta, cuando oimos que subía de nuevo. Esta vez no vaciló; subió con decisión y llamó á la prerta de nuestro cuarto.

— Entre Vd., dijo Dupin con un tono alegre y tranquilo.

Entró un hombre. Era un marinero evidentemente — una alta, robusta y musculosa persona, con una expresión de salvaje atrevimiento, nada tranquilizador. Su rostro, muy quemado por el sol, tenía la mitad oculta por las patillas y el mustaccio. Llevaba consigo un formidable garrote de roble, pero parecia no tener más armas. Se inclinó torpemente y nos dió las «buenas noches» con un acento francés, que aunque recordaba algo el de los naturales de Neufehâtel, indicaba suticientemente un origen parisiense.

— Siéntese Vd., amigo, dijo Dupin. Supongo que ha venido Vd. por el Orangután. Palabra de honor, casi envidio á Vd, la posesión de ese animal; es notablemente hermoso, y sin duda, de un gran valor. ¿Qué edad cree Vd. que tenga?

El marinero aspiró el aire, con el aspecto de un hombre relevado de alguna carga intolerable, y replicó con un tono tranquilo:

— No tengo cómo saberlo bien, pero no puede tener más de cuatro o cinco año. ¿Le tiene Vd. aqui?

— ¡Oh! no; no tenemos comodidad para guardarle. Está en una caballeriza en la calle Dubourg, muy cerca de aqui. Le recobrará Vd. mañana. ¿Es decir que tiene Vd. cómo probar sus derechos?

— Ciertamente, señor.