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118 EL PADRINO

Desde aquel día reflexioné profundamente. Mi vida helada en el extranjero era muy infe- liz; lejos de la patria, de los amigos más queridos, pensé cuanto variaría el curso de mi existencia, la ternura de una esposa... las gracias de los hijos.

A Margarita había elegido mi corazón; pero ¿quién me aseguraba que no blanquea- rían mis cabellos y se consumiría mi vida antes de que ella fuera libre, caso de que lle- gara á serlo algún día?...

No me culpes, Héctor. ¡A nuestra edad el alma no puede vivir tan sola! A los veinte años nos conformamos con un ideal imposi- ble; después de pasar los veinticinco halla- mos que ese ideal no basta ya y sentimos la necesidad de un afecto más conforme con las realidades de la vida. Cerca de Marga- rita me era imposible olvidarla; pero la dis- tancia... la reflexión, son grandes agentes del olvido; y una vez dado el primer paso para borrar el pasado, no son tan difíciles los demás.

Pasados tres meses dije al padre de Lina que me consideraba capaz de amarla como se merecía y solicité su mano. Entonces más que nunca comprendí la necesidad de que se me olvidara, de que se me creyera muerto. quizá. Y seguí guardando silencio.

Poco tengo ya que añadir. Lina 4 quien