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burló" y no quiso casarse con ella. Por esta razón Diego Velázquez se enfrentó a Cortés exigiéndole que “cumpliera” y se casara con la mujer que había deshonrado. Después da varias peripecias, pues Cortés se refugió en una iglesia para huir de la autoridad del gobernador, terminó casándose con Catalina Juárez a lo que después de la toma de Tenochtitlán la llevó a vivir a Coyoacán.

Nuevamente los historiadores hispanistas le lavan las manos manchadas de sangre a Cortés. Se sabe que tuvo un enfrenamiento público con su esposa y esa noche, Catalina murió estrangulada en su aposento. Cortés ordenó de inmediato su entierro y como tenía el poder no se le enjuició, sino hasta más tarde sin llegar a esclarecerse completamente el crimen.

Pero el mito del “amor” de Malinche y Cortés, es otra fantasía para construir el complejo de los mestizos bastardos, como producto del “encuentro amoroso de dos culturas”. Totalmente falso. Por una parte Cortés, por sus hechos verdaderos, no fue un hombre de generosa nobleza y de sensibilidad amorosa. La mujer para él fue un objeto: de placer en España, de acceso al poder en Cuba y de dominio y de información en el Anáhuac.

Malinche representó para Cortés un eficiente y confiable “sistema de inteligencia”, así como de penetración y traducción cultural muy importante y decisivo. Malinche fue para Cortés, no solo el puente lingüístico entre Jerónimo de Aguilar, que sabía hablar castellano y maya. Ya que ella hablaba maya y náhuatl, por lo cual Cortés no solo se enteró con detalle del momento histórico y político que se vivía en el

Anáhuac. Siendo 1519 el año “uno caña” con el profético

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