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caracteriza, que los pueblos indígenas y mestizos han sufrido una permanente ocupación que tiene como objetivo saquear, primero los metales preciosos y después los cuantiosos y al parecer, inagotables recursos naturales de las entrañas del continente a través de la mano de obra esclava, la sangre y los riñones de los pueblos originarios, deformando la ley y en caso necesario, violándola, para favorecer los intereses foráneos. El drama de “la conquista” y ocupación se ha seguido viviendo de manera cotidiana en las comunidades indígenas y campesinas, y por consiguiente las rebeliones y estallidos sociales también.

Los historiadores hispanistas nos han hecho creer que “la conquista se consumó con la caída de la México—Tenochtitlán” y que la colonización fue “un encuentro de culturas”, como un suave y aromático “café con leche”, y que de ahí se formó “mágicamente” una nueva identidad y más tarde “un país” fruto de la mezcla armónica y prolífica de un pueblo en busca del progreso. Totalmente falso, otro de los tantos mitos y fantasías. Los pueblos indígenas y campesinos del continente tienen un rosario ensangrentado de afrentas, despojos e injusticias, con sus consecuentes “pacificaciones” y vuelta al orden constitucional y al “Estado de derecho” colonial.





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