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tarde en aliados de los españoles, como les sucedió a los tlaxcaltecas.

Una de las poderosas razones por las cuales un puñado de filibusteros logró apoderarse del imperio azteca, fue esta trasgresión filosófica religiosa, la cual se puede observar



nítidamente en la arquitectura del Templo Mayor de Tenochtitlán, en el cual los mexicas “igualaron” la jerarquía de Tláloc con la de Huitzilopochtli, reduciendo el nivel a Quetzalcóatl al poner su santuario enfrente del Templo Mayor, pero de menor proporción y dimensión.

En el sistema religioso tolteca, solo existía una divinidad suprema que era invisible, impalpable e innombrable. Era una abstracción filosófica total, muy alejada de la humano por su dimensión inconmensurable. De modo que solo se le refería con metáforas poéticas. Así entonces se le llamaba: Tloque Nahuaque, Ipalnemohuani o Yahuali Ehécatl, que respectivamente significan: El que está aquí y en todas partes al mismo tiempo, Aquél por quien se vive y Noche Viento.

En un segundo nivel, esta misma suprema divinidad inconmensurable, en un estadio menos elevado y de carácter religioso se le llamaba Ometeótl o La Dualidad Divina, entendiendo que “el todo” estaba compuesto de un par de opuestos complementarios: masculino/femenino, caliente/frío,

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