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momento: todo es grandioso, sereno e ínclito de parte de Cortés y los suyos; todo confusión, odio y torpeza de parte india...

¡Ni Hollywood en su mejor vena!: ¡Un “superman” blanco que, con otros pocos, pulveriza a incontables miríadas de “red skins” sin apenas despeinarse! (Siempre según Solís, murieron 20,000 indios, y españoles apenas si “dos o tres”, y eso más tarde, en Tlaxcala). Si eso fuera verdad, bastaría para probar la tesis de que los indios eran tan bellacos que unos cuantos europeos bastaron para liquidarlos… Muñoz Camargo da otra versión, aún más fantástica: la batalla la ganó directa y personalmente el apóstol Santiago; más aún: ¡el caballo del apóstol Santiago!...

Ahora bien, puede que la verdad sea mucho más banal: aunque los conquistadores pronto mitificaron su empresa, exagerando logros y acallando errores, con mentiras tan evidentes que ya sus contemporáneos no se las creían, no pudieron cancelar todos los indicios de la realidad. Así, muchos años más tarde, en 1553, uno de ellos, Ruy González, queriendo convencer al Rey de que haga perpetuas las encomiendas, confiesa que en Otumba los indios “no querían guerra, sino vivir y tener su libertad y vuestra victoria para hacer desagraviados de México”, palabras no muy claras, que, sin embargo, el códice Ramírez explica cándidamente:

“Y entendiendo por don Fernando (Ixtlilxóchitl) lo sucedido, después de haber tenido una gran batalla con Cuitlahuatzin su tío, que ya era rey, después de la muerte de Moctezuma, dio aviso a sus fronteras para qué le diesen a Cortés toda la ayuda necesaria que quisiesen, y aunque les venían algunos mexicanos dando alcance, los de don Fernando se les oponían y detenían. Y así fueron caminando hasta que en uno de los llanos, entre Otumba y Cempohualan llegó don Carlos por orden de su hermano con más de 100,000 hombres y mucha comida para favorecer a Cortés, pero no conociéndolos Cortés se puso en armas, y aunque don Carlos se hizo un lado y les

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