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ANTIGUO MÉXICO Y SUS PROVINCIAS PERDIDAS.

botas militares, gran sombrero con trenzado de plata y una blusa de lino, a través del cual se proyectan las cachas de revólveres enormes. Su objetivo, no es mostrar, sino comodidad. De mi no diré nada. Es el privilegio del narrador dejar que se suponga que es siempre galante y de imponente apariencia y exactamente adaptado a las circunstancias del caso. Monté al bastante grande caballo "Pájaro". Don Marcos, una persona despreciable, astuta, con un propósito, pronto evidente, de resarcirse por medio de nosotros de su mal negocio, vestía un poncho carmesí y pantalones de algodón y montaba el pequeño caballo blanco "Palomito". Apreciativamente él pensó justo ponerle nombre de todos los animales, aunque apenas los había tenido un instante en posesión. Los baúles, primero cosidos con seguridad en petates de coco, estaban atados, el Coronel en el lomo de la mula "Niña" y el mio en "Aceituna". Vicente, el muchacho corrió descalzo la mayoría del camino a Acapulco detrás de las mulas, gritando, "¡Eh! machos! y chasqueándolos con una combinación de látigo y cubre ojos. Con este mismo cubre ojos se cubrían sus ojos mientras sus cargas bajaban y subían, en la mañana, tarde y noche.

Hubo al principio un poco de carretera de carreta, como hay afuera de cada uno de los lugares más importantes en el camino. Estos pronto se convierten en sendero, que se hacían más rústicos. Las chozas y caseríos que pasamos eran de caña, bien hechos. Hubo campos de caña, trenes de mulas cargados con azúcar y ocasionalmente una señorial hacienda de azúcar. De vez en cuando había ruinas de alguna deshecha por la guerra. Al mediodía las mulas eran descargadas en algún momento favorable, y la expedición descansaba durante varias horas. Era costumbre tomar una siesta durante el calor del día. Por la noche hubo mesones ocasionales o posadas rústicas, pero generalmente