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LA REINA ISABEL
I

La primera vez que tuve el honor de visitar, en el palacio de la Avenida Kléber, á la Reina doña Isabel, me impuso la presencia de esta señora un alelado respeto, pues no es lo mismo tratar con majestades en las páginas de un libro ó en los cuadros de un museo, que verlas y oirías, y tener que decirles algo, dando uno la cara, en visitas de carne y hueso, sujetas á inflexibles reglas ceremoniosas. Por mi gusto, me habría limitado á las fórmulas de cortesía y homenaje, tomando á renglón seguido la puerta, sin intentar siquiera exponer el objeto de mi visita, el cual no era otro que solicitar de la Majestad que se dignase contar cosas y menudencias de su reinado, haciendo la historia que suena después de haber hecho la que palpita... Pero el embajador de España, mi amigo de la infancia, que era mi introductor y fiador mío en tal empresa, hombre muy hecho al trato de personas altas, me sacó de aquella turbación, y fácilmente expresó á la Reina el gusto que ten-