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XXXII

Toda persona de buen gusto literario, propiedad tan rara, al decir de una escritora insigne, como el buen tono en sociedad, no acabará nunca de alabar como merecen las obras de nuestro poeta, sobre todo mirando la magnificencia de los engarces y filigrana, la maravillosa manera con que todo lo ve y lo expresa, lo mismo las cosas más elevadas que las más triviales.

¡Qué prodigio de naturalidad! Y ¡qué portento de elegancia! En este órden son las poesías de nuestro autor claros arroyos corriendo por cauces de flores. No hay inviernos que los enturbien ni estíos que los sequen. El agua corre y corre siempre limpia y serena, así al salir del manantial como al llegar al rio; ni troncho de rama, ni piedra desprendida, ni siquiera el ala del pájaro al pasar sobre sus cristales la agitan ni empañan. Siempre tersa, siempre tranquila sigue su curso, reflejando en su trasparencia las arenas de oro del fondo y el limpio azul de las alturas.