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cosas, mientras Natacha acompañaba a los no- vios a firmar el contrato de su enlace.

Después de tantas luchas llegaba en el momento que Ana se alejaba de mi. Quise salir en su busca, pero la mujer me detuvo haciéndome reflexionar.

— «¿Decís que queréis hablar con ella? ¿Y os parece que os dejarían entrar a vos, un desconocido, durante una ceremonia en el local del soviet? A más, hace mucho tiempo que han partido y ya estarán en el camino de regreso.»

Consentí aguardarlos. Me hallaba nervio- so, irritado, y en lo hondo sentía una amargura inmensa que me destrozaba la garganta. Me paré junto a la ventana guarnecida de plantas y velada por unos visillos de muselina. Gol- peaba con los dedos en el cristal tratando de desahogarme, mientras miraba a lo lejos del camino por si aparecía algún trineo. Perma- necimos un rato en silencio, había obscurecido por completo; la anciana encendió una lám- para de cobre y avivó el fuego. Yo ya no distinguía nada, afuera estaba muy negro, y el viento, arrastrando copos de hielo, chocaba