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DE BUENOS AIRES

una persona tan interesante como U. puede tener necesidad de nada?

—¡Ah! señora...!

—Nada; U. no debe volver á pronunciar esa palabra. ¿Quiere compañía? Yo vendré á acompañarla y seré su buena amiga? ¿Necesita dinero? Fácil le será conseguirlo.

— Yo no se cómo agradecerle...

— No tiene que agradecerme nada: si algo le ofrezco es por un deber caritativo. Si quiere me vendré á vivir aquí ó U. puede irse á vivir en mi casa. No es posible que U. continúe sola.

La jóven guardó silencio: aquellos ofrecimientos no le parecían despreciables en las condiciones en que ella se encontraba.

La vieja prosiguió:

— No tenga ningun temor ni desconfianza. Verdad es que yo valgo poco y que en mi casa no hay comodidades, pero peor será que viva U. en esta soledad. Resuelva U.

— Quisiera esperar algunos dias...

— No se haga ilusiones. Su padre, que Dios lo tenga en su santo descanso...

Al oir estas palabras Sofía rompió á llorar. La vieja, que comprendió había llegado el momento de demostrar su sensibilidad, empezó á chillar como una urraca y á finjir que lloraba.

Por algunos instantes, no se oyeron más que los