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LOS PESCADORES DE TRÉPANG


El papú corrió por la terraza, y entró en la estancia donde se hallaban el Capitán, Hans y el chino.

Avanzó hacia ellos, y con un gesto que no carecía de nobleza les dijo: —¡Sois libres, y huéspedes gratos del jefe Uri-Utanate!

—Pero ¿quiénes son éstos?—le preguntó el jefe, que lo había seguido—.

¿No son enemigos nuestros?

—No, padre. Son hermanos de los hombres blancos que me arrancaron de las manos de los arfakis, cuando iban a matarme.

En aquel instante Cornelio y Van-Horn se presentaron en la puerta.

—¡Tío!

—¡Sobrino!

—¡Hans!

—¡Van-Horn!

Los cuatro náufragos, que llegaron a temer no volver a verse, se abrazaron estrechamente, mientras el chino, arrebatado de alegría, daba saltos por la estancia, como si estuviera loco.

—Hombres blancos—dijo Uri-Utanate, que ya lo sabía todo—. Mi casa, mis guerreros y mis barcos están a vuestra disposición. Me habéis devuelto a mi hijo, a mi heredero, y yo os devuelvo la libertad.

—Padre—dijo el joven guerrero—. Estos hombres vienen de lejanos países situados al Oeste, y quieren

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