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EMILIO SALGARI

salto atrás para librarse de la serpiente, y en seguida le asestó otro terrible hachazo, que la tendió en la yerba con el casco de la cabeza partido en dos.

—¡Pobre muchacho mío!—exclamó el valiente Capitán acudiendo adonde estaba el chino—. ¿Te ha roto las costillas?

—No, señor—respondió el chino con voz apagada—. Me tenía ya medio ahogado; pero aún estoy con los huesos enteros, gracias a lo pronto que acudisteis en mi ayuda.

—¿No viste el peligro?

—No, señor; me sorprendió por la espalda. ¡Qué miedo he pasado, Capitán!

—Lo creo, pobre muchacho. Por fortuna pude acudir a tiempo.

—¡Ah, tío!—exclamó Cornelio—. ¡Nunca he experimentado emoción semejante! ¡Sentí que me faltaban las fuerzas!

—No me sorprende. Estas serpientes dan miedo hasta a los tigres. Tú, acuéstate y descansa, Lu-Hang; y nosotros trabajemos antes de que nos pille la noche.

Van-Horn, repuesto ya de su susto, emprendió con gran actividad el trabajo que tenía entre manos y que había suspendido. Empuñó la maza que el Capitán le había preparado, y se puso a golpear la médula roja del sagú, contenida en el pedazo de tronco que sobresalía de la tierra.

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