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EMILIO SALGARI

suspenso en el aire durante algún tiempo, tomaban aspecto de niebla luminosa.

—¡Qué admirable fosforescencia!—dijo Cornelio—. ¡No he visto en mi vida cosa más hermosa!

—Y con esta tempestad resulta doblemente soberbia—dijo el Capitán—.

Demos gracias a este fenómeno, que nos ha hecho descubrir a tiempo la costa australiana. Lu-Hang, disponte a arriar la vela.

—¿Esperáis encontrar un refugio en la costa, señor Van-Stael?—le preguntó el piloto.

—Lo espero; pero no estoy seguro. No sé adónde nos ha traído el temporal.

—Fuera del golfo, de seguro que no.

—¡Dios no lo permita! Antes que encontrarme en el estrecho de Torres con este tiempo, preferiría verme delante de una escollera.

—Pues delante de una escollera creo que nos encontramos, señor Stael—dijo Van-Horn, que se había levantado de pronto.

—¿No es la costa australiana la que estamos viendo?

—No; es una larga línea de escollos.

—¿No te equivocas, Horn?—preguntó el Capitán con ansiedad.

—No; los he visto al resplandor de un relámpago, mientras hablabais con el señor Cornelio.

—¿Tendremos que virar en redondo y emprender otra vez la lucha con la tempestad?

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