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marse, aunque remota, una idea del infinito desierto cerúleo que se extendía sobre ella.

Yury Mijailovich abrió los ojos y miró de nuevo a la tierra. Los alzó luego, y se dijo: «Mi sueño feliz se ha realizado. Ya estoy en mis vastos salones sagrados, en las soledades augustas del Cosmos. ¿Qué es esto tan dulce y tan bello que veo?... ¿Qué es esto tan dulce y tan bello que siento?... ¡Oh, alma, dicha mía, cuánto te amo!»

Y de nuevo, como en un sueño, de un modo intensísimo, casi doloroso, sintió la inefable felicidad luminosa y dorada... Como quien oye el último acorde de una dulce sonata lejana, la última palabra de una canción de amor terreno, recordó el bello perfil del rostro de su esposa—las negras pestañas, la blanca mejilla sonrosada—y pensó, al remembrarla dormida a su lado: «¡Cuánto la quiero!»

Pero momentos después la había olvidado para siempre, embargado el corazón por otras emociones sin relación alguna con las cosas de la tierra.

¿Qué pensaba en los últimos instantes de su vida, cerrados otra vez los ojos, mientras se entregaba de lleno al divino placer de volar? ¿Qué era él en su propia conciencia? Una estrella humana, sin duda, que dejaba, al huir rápida de la tierra, una estela de fuego a lo largo de su fatal camino...

Su Newport—celeste barquilla—nadaba veloz por el mar sin fondo del espacio, ladeándose en los virajes bruscos, aturdiéndole con el trémulo ruido del motor. No se veía ya ni una nube. El aire iba siendo más frío. En lo alto del espacio azul reinaba, solitario, el Sol.