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volaba, no andaba, como de costumbre, sobre suelas de plomo... Volaba sin apoyarse en nada, envuelto en la transparente y luminosa amplitud del vacío. Hacía un instante que se había apartado de la tierra y se hallaba ya en otro mundo, en otro elemento, ligero e ilimitado como un sueño. Y de un modo intensísimo, casi doloroso, sintió de nuevo la felicidad inefable que, cual un licor áureo y límpido, llenaba su alma cuando abrió aquella mañana los ojos. Aquella emoción casi le ahogaba, y le arrancó lágrimas; pero no hacia fuera, sino hacia dentro: lágrimas que nadie hubiera visto.

—¿Qué es esto tan dulce—se decía—, qué es esto tan bello que encanta mis ojos y derrite mi corazón?

Y ya no miró abajo: allá, muy lejanos, muy hondos, se quedaban la tierra, los verdes bosques, por donde tanto había corrido y saltado en su infancia, las falsas alegrías, los tímidos y poco firmes amores terrestres. La tierra estaba ya tan lejos, que su recuerdo comenzaba a borrársele de la memoria. Los espacios azules del océano celeste no evocan nada de la tierra.

Yury Mijailovich se sonrió; pero con una sonrisa interior. En el océano celeste, la sonrisa, como las lágrimas, no debe ser visible. La expresión del semblante debe ser allí grave y severa.

—He subido ya mucho, mucho—pensó el oficial—; pero aun tengo que subir más, mucho más. Me rodea el vacío y puedo caminar en todas direcciones, hacia arriba, hacia abajo, hacia delante, hacia atrás... Dispongo de todos los caminos.