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estables, tornadizos, y no sabían a qué atenerse ante los zigzags, curvas y saltos de su naturaleza moral e intelectual, él era siempre el mismo y conservaba siempre su plácida serenidad. Su vida junto a su mujer, que le adoraba, producía igual impresión de sencillez y calma.

Cuando algún oficial se dejaba sobre el tapete verde su último copec o se emborrachaba y armaba un escándalo, después del cual le avergonzaba hasta mirarse al espejo, iba a casa de Puchkarev a recobrar el equilibrio espiritual. Y, recobrándolo, pensaba, no sin cierta piedad, al comparar su alma, llena de abismos, con la de su amigo: «¡Qué en paz vive este hombre!» Uno de ellos le puso el remoquete de Su Majestad Serenísima, que hizo gracia; pero dejó pronto de usarse, pues Puchkarev era muy respetado entre sus compañeros.

Aquella mañana, Yury Mijailovich estaba tan sereno y tan poco hablador como siempre. Sólo el brillo singular de sus ojos denunciaba su alegría creciente. Como siempre ocurría, su calma se le contagió a Tatiana Alexeyevna, su mujer, y amenguó el fulgor demasiado vivo de las pupilas de la joven.

Tatiana Alexeyevna se había levantado en extremo turbada el alma por dolorosas pesadillas; pero al alzar la vista a aquel cielo puro, como de fiesta, mientras le servia el te a su marido, no veía nada de terrible en sus profundidades azules y olvidaba sus sueños fatídicos.

—¡Tonterías!—se decía, mirando asir la taza los dedos morenos, firmes, nunca trémulos, de Yury Mi-