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No tardaron en encender los faroles. Una alegría infantil llenó mi corazón. Después de recorrer numerosas calles, algunas de las cuales se me antojaban desmesuradamente largas, penetramos en una parte de Moscú que yo no conocía. Al principio, el cochero me decía los nombres de las calles por donde pasábamos—unos nombres extraños, que yo no había oído en mi vida—; pero luego empezamos a zigzaguear por un dédalo de callejuelas tan desconocidas para el cochero como para mí.

Es muy desagradable atravesar de noche un barrio o una ciudad que no se conoce; cada vez que doblamos una esquina tememos habernos metido en un callejón sin salida. El experimentar este desasosiego en Moscú—ciudad que yo creía conocer palmo a palmo—aumentaba mi turbación. Parecía que me acechaban en cada callejuela traiciones, emboscadas.

Al pensar en María Nicolayevna y en el señor del gorro de pieles, sentía impulsos de echar a correr en su busca. El caballo iba muy despacio, y de cuando en cuando volvía sobre sus pasos. Yo miraba la espalda inmóvil del cochero, y me parecía que siempre había estado viéndola, que nunca había visto otra cosa, que había en ella un no sé qué de eterno, inmutable y fatal.

Los faroles iban siendo a cada instante más escasos; apenas se veían ya tiendas abiertas y ventanas iluminadas. Todo parecía irse hundiendo en el sueño nocturno.

Al doblar una esquina, el coche se detuvo.

—¿Por qué paras?—le pregunté, lleno de angustia, al cochero.