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Y como nunca había pensado en ella, cuanto había pensado hasta entonces se me antojaba vano. Y como nunca la había visto ni había oído nunca su voz, cuanto había visto y oído hasta entonces se me antojaba irreal, ficticio, inexistente.

No sé hasta qué punto será cierto lo que para mí en aquel momento era de una evidencia absoluta. Sólo sé que el amor, súbitamente revelado, que sentía era profundo, profundo como la tristeza que iba inundando mi corazón, conforme iba yo dándome cuenta, ante la inmovilidad del cadáver, ante el silencio sepulcral que reinaba en la casa, de que «ella» estaba muerta.

Y cuando la palabra «muerta» brotó, queda y doliente, de mis labios, me eché a llorar.

Deshaciéndome en lágrimas, salí poco después de la casa de Norden—sin gabán ni sombrero—, atravesé el jardín y la playa, hundiéndome en la nieve hasta más arriba de los tobillos, y avancé mar adentro. La capa de nieve sobre el hielo era menos espesa y me permitía andar con más facilidad. No tardé en hallarme a larga distancia de la playa. No lloraba ya. No pensaba en nada. Seguía avanzando, avanzando, a través del inmenso desierto blanco y liso, que parecía irme absorbiendo. Empezaba a sentir frío y cansancio, y me detuve un instante. Miré a mi alrededor: me rodeaba, como en un ensueño, la planicie infinita y blanca, sin otras huellas que las mías...

Seguí andando y, sin dejar de andar, empecé a dormitar, como los caballos extenuados por una larga jornada, como los vagabundos que buscan en el ruido