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Aquel fué, si no estoy trascordado, el más grandioso de todos. Recuerdo de él, además de lo que he referido, lo extraordinariamente numeroso de la concurrencia: sin duda había llegado aquella tarde muchísima gente.

A mi recuerdo de aquel baile se asocia en mi memoria el de un sentimiento muy extraño: el sentimiento claro, preciso, de la presencia de Elena.

No sé si ardían, en efecto, numerosas antorchas en el patio y en el jardín. Lo que sí sé es que, con conciencia o sin conciencia de lo que hacía, me fui a la playa. Y junto a la pirámide cubierta de nieve pensé en Elena largo rato. He dicho «pensé»... y yo juraría que durante toda la velada la tuve a mi lado. Hasta recuerdo las dos sillas en que estuvimos sentados el uno junto al otro conversando. Y creo que me bastaría un pequeño esfuerzo de memoria para recordar su rostro, su voz, sus palabras, y comprender... Pero no quiero hacer ese esfuerzo. Que todo siga como está.

Desaparecida Elena, otro sentimiento extraño sucedió en mi alma al de su presencia: el de que era yo testigo involuntario de una lucha gigantesca y fiera entre seres invisibles y misteriosos. Agitaban de tal modo el aire en su lucha, que el torbellino me arrastraba a mí, mero espectador. No creo que Norden, aunque fuera uno de los personajes de aquel drama, tuviera una noción más clara que la mía de lo que pasaba en torno nuestro.

Mi terror, sin embargo, sólo duró hasta que recibí la visita del desconocido. En cuanto su mano se posaba sobre mi frente, mis emociones, mis deseos,

El misterio
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