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espectro que me perseguía no me inspiraba ya el menor miedo. Al entrar en el comedor, donde Norden hacía desternillarse de risa a sus huéspedes contándoles chascarrillos, sentí una repugnancia invencible, que cuando empecé a estrechar manos se convirtió en verdadero asco.

Este asco fué debilitándose en el transcurso del día—un día animado, ruidoso, de constante jarana— y casi desapareció; pero volví a sentirlo todas las mañanas al estrechar la mano de los invitados.


VII


Aquella mañana, cuando volvimos de la playa, luego de bombardearnos, en un regocijado combate dirigido por Norden, con bolas de nieve, me encerré en mi cuarto y le escribí una carta a uno de mis compañeros de Petersburgo. No era amigo mío, pues yo no tenía amigos; pero me trataba mejor que los demás y era un buen muchacho, amable y servicial. Le decía que me hallaba en un gran peligro y le rogaba que acudiese en mi socorro; pero en una forma tan desmayada, tan poco expresiva, que la carta, si hubiera llegado a sus manos, quizá le hubiera hecho encogerse de hombros. No sé por qué, no se la envié. El día que me dieron de alta en el hospital, la encontré en un bolsillo de mi americana, con sobre, pero sin dirección. ¿Por qué no le puse la dirección? ¿No la recordaba? Me sería imposible decirlo.

Creo que fué aquel día cuando empecé a perder la