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se sentó al borde de la cama y me puso la mano en la frente.

Era una mano fría y pesada, de la que parecían exhalarse el sueño y la tristeza. He sufrido mucho en la vida, he asistido a la muerte de mi padre; mas no creo que exista una tristeza semejante a la que yo sentí al contacto de aquella mano. Empecé en seguida a dormirme; pero, cosa extraña, el sueño y la tristeza no luchaban, sino que penetraban juntos en mí y se extendían unidos por todo mi cuerpo, mezclándose con mi sangre y adentrándoseme en los músculos y en los huesos. Cuando llegaron a mi corazón y le invadieron, mi razón, mis pensamientos, mi terror, se ahogaron en un mar de angustia mortal, desesperada. Las imágenes, los recuerdos, los deseos, la juventud, la misma vida, parecieron extinguirse. La presencia del desconocido me era ya indiferente. Todo mi ser languidecía en el infinito desmayo de aquella tristeza sin límites y de aquel sueño sin ensueños.

A la mañana siguiente me desperté a la hora de costumbre. En la habitación no había nadie, y todo estaba en orden. Yo no me sentía bien ni mal, sino como vacío. Mi rostro—que vi en el espejo, vistiéndome—, un rostro vulgar y nada bello, no había sufrido alteración alguna: seguía siendo, simplemente, el de un hombre que ha pasado mucha hambre y no ha conocido nunca afectos.

Todo estaba igual y, sin embargo, yo sabía que algo había cambiado en el mundo y ya no volvería nunca a ser como era. Vistiéndome aún, observé en mí una cosa que me produjo cierta satisfacción: el misterioso