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—¡No estoy dispuesto a seguir guardando silencio...!

Al oír esta estúpida puerilidad, puso una cara muy amable, abominablemente amable; me abrazó, casi me besó y me hizo mil preguntas acerca del motivo de mi descontento.

—¿Le ha ofendido a usted alguien? ¿Quizá algún criado? ¡No permitiré nunca, en mi casa...! ¡Dígame el nombre del culpable! ¡Ya verá el que se haya atrevido...! ¿No? ¿No le ha ofendido nadie...? Entonces, ¿qué le pasa? ¿Qué es lo qué le exaspera? ¿Qué es lo que le irrita...? Lo adivino: se aburre usted. ¡Sí, sí, no me lo niegue! Yo también he sido joven... ¡Oh, la juventud!

Y el desconcertante sujeto se extendió en consideraciones filosóficas, de una filosofía jovial, humorística, sobre la juventud, no sé si burlándose de mí o tratando de ahogar en donaires su propia angustia. «¡Alégrese! ¡Ríase!», me decía, de vez en cuando, en un tono entre suplicante y amenazador.

—¡Sí, sí, hay que divertirse, hay que divertirse!—prosiguió, tras una breve pausa—. ¿Qué inventaríamos...? ¿Qué fiesta doméstica organizaríamos...? ¿A usted no se le ocurre nada...? Ahora, en estos días, nada tan a propósito como un árbol de Navidad. ¡Sí, sí, eso! ¡Un árbol de Navidad monstruo! Mañana mismo se cortará el pino más grande que se encuentre y se traerá al salón. Hay que mandar a alguien en seguida a Petersburgo por todo lo necesario. Voy a hacer una lista...

De este modo estúpido terminó nuestra conversa-