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sumidos en un tranquilo sueño, lleno de ensueños dulces. Lo único que turbaba la placidez del paisaje eran los cajones de madera que Norden había hecho construir para abrigo de algunos árboles meridionales. Yo no había visto nunca proteger los árboles contra el frío en aquella forma, y los altos y extraños cajones me encogían el corazón; semejantes a ataúdes en pie, diríase que se disponían a tomar parte en una procesión macabra. «Estoy orgulloso de mi invento», decía Norden, con gran indignación mía.

Hada dos días que se había ido a Petersburgo, y en la vasta mansión, que yo no conocía aún en su totalidad, reinaban un silencio y una calma absolutos: los niños estaban con el aya, en sus habitaciones, quietos y callados, y la servidumbre no hacía tampoco ruido alguno; en el piso alto, una mujer joven y bella, víctima de las fuerzas desconocidas, languidecía solitaria...

Estuve cerca de una hora en la biblioteca, pero no tenía gana de leer: una alegre excitación nerviosa me turbaba; la casa, silente y misteriosa, despertaba en mi alma una viva curiosidad y una vaga sed de aventuras. Luego de cerciorarme de que no podía verme nadie, empujé la puerta que daba a las habitaciones del lado de allá del corredor y penetré en ellas de puntillas. Atravesé dos amplias estancias, avancé a lo largo de un pasillito y salí a la meseta de una escalera interior cuya existencia yo ignoraba. Alzábase frente a la escalera una puerta cerrada. «Ahí dentro—me dije—está la enferma»; y con una resolución desesperada intenté abrir, pero no pude. No