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a contar un chascarrillo, y al terminarlo me suplicó con la mirada que me riese, trocados los ojos en tenazas de mi hilaridad. Me senté frente a él, y los dos prorrumpimos en carcajadas. ¡Qué estupidez y qué bajeza!


De los días siguientes, hasta el 5 de diciembre, no recuerdo nada, como si los hubiera pasado sumido en un sueño profundo y sin ensueños. El 5 de diciembre el mar amaneció helado y cayó la primera nevada, copiosísima.

Y aquel día empezaron a ocurrir las cosas extraordinarias que hicieron más inquietante para mí el misterio de aquella casa, aquel misterio que aun sigue siéndolo y que, a veces, se me figura una siniestra fantasía o un cuento de miedo aterrador.

Trataré de ser todo lo exacto que pueda y no omitir detalle alguno de importancia, aunque no sea directa su relación con los acontecimientos. Yo le atribuyo una importancia capital a la aparición de aquel ser extraordinario que parecía concentrar en sí todas las fuerzas obscuras, toda la tristeza que pesaba sobre la maldita casa de Norden, todo el dolor que incluso a mí, un extraño, habían de arrastrarme en su terrible torbellino.

El 5 de diciembre cayó, como ya he dicho, la primera nevada. Empezó al amanecer y duró toda la mañana. Cuando, terminada la clase de Volodia, salí al jardín, todo estaba silencioso y blanco. Dejando profundas huellas en mi camino, llegué a la playa. Y lancé un grito de asombro al ver que ya no había