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tiempo. Y las huellas grabadas en mi memoria no podrían borrarlas ni los tres hombres que al amanecer recorrían encorvados las veredas.

¿Cómo iba yo a olvidar aquel mar poco profundo, desesperadamente triste y tan llano que hacía dudar de la esfericidad de la Tierra? La idea del mar se había asociado siempre en mi mente a la de los barcos; pero desde aquella playa no se veían barcos: entre aquella playa y toda ruta de navegación se interponía la remota y brumosa línea del horizonte. Y el agua baja se extendía en un desierto gris; un infinito tedio parecía pesar sobre la inquieta enanez de las olas, que en vano trataban de alcanzar la costa, buscando el eterno reposo.

Una o dos veces vi a los lejos una lancha de pesca, obscura y tan lenta, que tardé no poco en convencerme de que no era una peña.


Siguieron a la horrible noche de viento de que he hablado siete u ocho días de calma, nada fríos, pero muy húmedos; la niebla, pesada y opaca, convertía el día en un crepúsculo interminable, aplanadoramente triste. El mar había retrocedido y había dejado en seco pequeños continentes, islas y archipiélagos de arena. Una tarde eché a andar a través de aquel mundo fantástico. Parecíame, al atravesar los continentes de unos cuantos pasos, y al pasar de un salto de uno a otro, ser un gigante, un ser casi sobrenatural, que pisaba por primera vez la tierra, recién creada y desierta.

Al llegar junto al agua, las exiguas y plácidas