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—¡Vete a dormir, animal! Mañana te mandaré al calabozo.

—Haga usted de mí lo que quiera, pero soy inocente.

—¡Cállate, granuja!

El capitán dió una terrible patada en el suelo y se fué a su cuarto. Kukuchkin reanudó su tarea betuneril; pero no tardó en tenderse cuan largo era en el banco.

«A esto ha quedado reducida la fiesta con que yo había soñado—suspiró Nicolás Ivanich, un tanto aplacada su cólera merced a una expansiva serie de maldiciones—. Verdaderamente, el Destino es demasiado cruel conmigo.»

Y decidió buscar consuelo en el fondo de la garrafa. A medida que su contenido disminuía parecíale al capitán que las paredes de la estancia se ensanchaban. Imágenes pretéritas, olvidadas ya, turbaron de nuevo su alma. Una mujer soñada, que era la dama de sus pensamientos desde hacía muchos años, se le apareció, pura, hechicera. «¡Amor mío!», murmuró, besando con sus gruesos labios el aire.

Imaginóse luego estar a la orilla de un río, por cuyo cauce iban pasando para no volver más, como ondas fugitivas, todos sus sueños de ventura. Y conforme pasaban se ponía más triste y se tenía más lástima. Nadie le necesitaba en el mundo; en ningún corazón había despertado amor, ni siquiera piedad; ninguna mirada se detenía con cariño en su rostro abotagado de borracho; nunca unas manos infantiles habían acariciado su cuello apoplético. Ni siquiera la amistad de un perro le consolaba.