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de averiguar algo eran vanas. A la servidumbre no quería preguntarle nada; hubiera sido una falta de delicadeza, y además, a lo que parecía, los criados estaban no menos in albis que yo respecto a las intimidades de la familia. El respetuoso Volodia era todo un maestro en el arte del disimulo.

—¿Cómo está tu mamá?—le pregunté un día—. ¿La has visto esta mañana?

—Sí. Todas las mañanas subimos a verla. Siente tanto no poder conocerle a usted...!

—¿Está muy enferma?

—No... Toca muy bien el piano. Tiene mucho talento.

—¿Llora mucho?

—¿Mamá?—exclamó, asombrado, Volodia—. ¿Por qué ha de llorar?

—Está siempre riéndose, ¿eh?—dije con acento sarcástico.

—¿Es malo reírse?—inquirió el más respetuoso de mis discípulos, dispuesto, sin duda, a mostrarse jovial o saturnino, según lo que yo aseverase.


Una noche, o, mejor dicho, un amanecer (los tres borradores de huellas estaban ya entregados a su faena), algo, en mi sentir, relacionado con la pianista invisible, produjo de pronto gran agitación en la casa. Se oyó caer no sé qué; alguien lanzó un grito de espanto o de dolor, y pasaron corriendo por el pasillo adonde daba la puerta de mi cuarto criados con quinqués o velas encendidos.

—¡No ha sido nada! Un susto...—gritaba Norden—.