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chas, a la sazón guardadas, pues sólo las usaba en primavera y verano.

—¿Y se encontró también la lancha?—le interrumpí.

—¿Cuál?

—La de la desgracia.

—¡Ah, sí! ¡También la arrojó el mar a la playa! La mandé pintar de otro color, y parece otra. Es la más fuerte y la más marinera de las dos. ¡Ya lo verá usted, cuando venga el buen tiempo!

Después de aquella conversación, que, aunque en realidad no me había revelado nada, se me antojaba a mí que me había revelado muchas cosas, la ruinosa pirámide fué, durante algún tiempo, otra de mis preocupaciones... ¿Por qué aquel hombre, que borraba tan implacablemente todas las huellas, que había mandado pintar de otro color la lancha donde había perecido su hija, había erigido aquel monumento en memoria de la muerta? ¿Se trataba de un arrebato sentimental, o de una de esas faltas de lógica en que suelen incurrir los hombres más consecuentes?

No tardé, sin embargo, en dejar de hacerme tales preguntas, atraída mi atención por algo que me inquietaba más que la pirámide, más que las veredas sin huellas, más que los taciturnos árboles del jardín: el mar. En el mar debía de tener su principal origen la profunda tristeza que pesaba sobre aquella morada y sobre los que la habitaban. En el mar...