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—¡Mamá, niños! ¡Mirad: Briboncito está jugando!—gritó Lelia, y ahogándose de risa decía:

—¡Otra vez, Briboncito! ¡Sigue! ¡Eso es, así!...

Todos acudieron corriendo y se retorcían de risa mientras Bribón daba vueltas como una peonza, caía y sus ojos conservaban la expresión implorante. Los niños, para provocar aquellos risibles movimientos, le acariciaban como antes se le pegaba para provocar su miedo. Alguno de los niños, y aun de los mayores, le gritaba incesantemente:

—¡Bribón! ¡Briboncito! ¡Juega otro poco, anda!

Y él jugaba con gran alegría de los espectadores que reían ruidosamente. Estaban muy contentos con él y se quejaban solamente de que Bribón no quisiera hacer valer sus talentos ante las otras personas que acudían a la casa: cuando veía venir a alguien que no era de la familia corría al jardín o se escondía bajo la terraza.

Poco a poco se fué acostumbrando a no preocuparse del alimento; estaba cierto de que a la hora precisa la cocinera le daría de comer, y permanecía esperando en su sitio, bajo la terraza. Ahora él mismo buscaba las caricias. Se había puesto un poco pesado, no le gustaba hacer viajes largos, y cuando los niños le invitaban a acompañarlos al bosque movía diplomáticamente la cola y desaparecía sin que lo notaran. Pero por la noche llenaba concienzudamente sus deberes de guardián y ladraba furiosamente.