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CUENTOS ÁRABES.

El sultan de las Indias manifestó á la sultana Cheherazada, su esposa, que estaba muy satisfecho de los prodijios que acaba de oir de la lámpara maravillosa, y que le daban sumo placer los cuentos que todas las noches le iba refiriendo. Con efecto, eran divertidos y casi siempre amenizados con sanísima moralidad. Estaba viendo á las claras cómo la sultana los iba primorosamente engarzando, y se alegraba de que con este medio le diera pié para suspender la ejecucion que tan solemnemente habia hecho de no conservar una mujer mas que una noche, y mandarla matar al dia siguiente. Casi no tenia otro intento sino ver si conseguiria ó no apurar el caudal de aquella fantasía.

Con este ánimo, despues de haber oido la conclusion de la historia de Aladino y de la princesa Badrulbudur, tan diversa de cuanto le habian contado hasta entonces, luego que se dispertó, se anticipó á Dinarzada y llamó el mismo á la sultana, preguntándole si estaban apurados sus cuentos.

¡Apurados mis cuentos, señor! respondió la sultana; muy lejos estoy de semejante conflicto: es tan crecido su número, que no me fuera á mi misma posible decírselo á vuestra majestad. Lo que temo, señor, es que por fin os canseis de oirme antes que se agote mi caudal en este punto.

―Orillad esa zozobra, repuso el sultan, y veamos que teneis de nuevo que contarme.

La sultana Cheherazada, estimulada con estas palabras del sultan de las Indias, empezó refiriéndole otra historia en estos términos: Señor, le dijo, varias veces he entretenido á vuestra majestad con algunas aventuras sucedidas al célebre califa Harun Alraschid. Le han sucedido otras muchas, entre las cuales no es esta la menos digna de vuestra curiosidad.

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