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UN FENÓMENO INEXPLICABLE

sura en esa fisonomía de pradera otoñal. Algunos colonos llegaban á la estafeta en busca de cartas. Pregunté á uno por la casa consabida, obteniendo inmediatamente las señas. Noté en el modo de referirse á mi huésped, que se le tenía por hombre considerable.

No vivía lejos de la estación. Unas diez cuadras más allá, hacía el oeste, al extremo de un camino polvoroso que con la tarde tomaba coloraciones lilas, distinguí la casa con su parapeto y su cornisa, de cierta gallardía exótica entre las viviendas circunstantes; su jardín al frente; el patio interior rodeado por una pared tras la cual sobresalían ramas de duraznero. El conjunto era agradable y fresco; pero todo parecía deshabitado. En el silencio de la tarde, allá sobre la campiña desierta, aquella casita, no obstante sus rasgos de chalet industrioso, tenía una especie de triste dulzura, algo de sepulcro nuevo en el emplazamiento de un antiguo cementerio.

Cuando llegué á la verja, noté que en el jardín había rosas, rosas de otoño cuyo perfume aliviaba como una caridad la latigosa exhalación de las trillas. Entre las plantas que casi podía tocar con la mano, crecía libremente la hierba; y una pala cubierta de óxido yacía contra la pared, con su cabo enteramente liado por la guía de una enredadera.