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EPÍLOGO


Y mi extraño interlocutor calló durante una hora cuyo silencio no me atreví á turbar.

Sobre nuestras cabezas palpitaba de astros la inmensidad transparente y obscura. Su antigüedad formada por el transcurso de todos los tiempos, era, no obstante, ligera como un aroma; su profundidad estaba serena como un sueño en paz.

En el silencio de aquella noche, ante la cordillera ahí erguida como una presencia superior, tenía realmente la elevación de una ¡dea. Estrellas y sombra, infinito y eternidad, componían para mi mente en comunión con ellos, esa armonía del silencio que presta alas al éxtasis.

Pero semejante grandeza no me anonadaba. Era grata por el contrario á mi pequenez, y experimentaba ante ella, como ante una madre, la dulce seguridad de un niño desnudo.

Los misterios cuya exposición había oído, eran poca cosa ante aquél mucho más grande de todos