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un murmurio de bienvenida, que se lanza entre las frondosidades a morir perfumado. Todos los árboles del Egipto se juntan en torno de gigantescas acacias. Los extranjeros aparecen en medio del bosque tupido. El sol resbala por las copas, y baja hasta las aguas en vivos resplandores de oro, temblando sobre las verdosas transparencias hechas por los reflejos de los flotantes lotos. Y apenas puede filtrarse por entre las hojas lujuriantes, porque las lianas lo ahogan enroscándose en los árboles, y después se trenzan y caen, cual si no bastaran los troncos para absorber las savias de la tierra. Los juegos del agua saltan, en tanto, de las grutas centrales, y, más altas que las copas, convierten en el espacio los áureos reflejos de los estanques en cascadas diamantinas. Y en otras fuentes, entre victorias regias llenas de vigor y frescura, los pelícanos nadan, hundiendo sus bolsudos picos, y alzando los cuerpos como espumosos ampos, donde el sol dibuja rayos a través de rosas ideales.

La gente se pasea en torno de las grutas, desplegando el hormigueo cambiante de sus colores; y los europeos y los orientales, en dos mundos diversos que se tocan y no se confunden, van y vienen con un sacudimiento igual de vida. El bienestar les llega como una virtud del