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PUERTO-SAID

Allá lejos, dominada por su faro, agrupándose al parecer en torno de la casa de La Compañía, que tiene el aspecto de un templo, dibújase Puerto Said sobre el incendio del poniente. El malecón, angosto y fuerte, se interna en el mar, dando la sensación de separarse de la tierra para aislarnos entre las olas. Un cañonazo suena; en los buques de guerra se oyen toques militares; y los pabellones caen de los mástiles, mientras las linternas se encienden rojizas, como con chispazos del horizonte. El agua se puebla de chalupas pescadoras a velas desplegadas, y sobre el círculo del monumento de Lesseps varios mahometanos elevan su plegaria.

El movimiento de la mano del gran francés resurge vigoroso en el aire de la tarde, y su pie se adelanta hacia el mar, y su amplio gesto saluda a las banderas de los cuatro vientos del mundo. Varios europeos se ríen de los musulmanes que, sobre sus sebleks tendidos, se pros-