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B. Pérez Galdós

por primera vez entraba en aquel recinto. Á medida que se avanzaba, era más grandioso el espectáculo y se ofrecían á la contemplación espacios mayores y más bellos. Cada arquería abría paso á otro recinto, se entrecortaban las cornisas, engendrando en sus choques curvas más atrevidas; los arcos se transmitían sucesivamente la luz; y esa luz, corriendo de nave en nave para iluminar espacios cada vez mayores, parecía reproducir en escala creciente un sencillo plantel, como si obrara allí la potencia refractiva de enormes y disimulados espejos.

— Bueno debía de ser eso—dije en un instante en que el doctor se detuvo para tomar aliento.

— No he hablado todavía más ― — que del vestíbulo—afirmó—; lo demás...

Pues si esto no es más que el vestíbulo, lo demás será cosa tan bella, que excederá á todo encarecimiento—observé sin poder contener mi asombro, al ver que las mentiras é hipérboles de mi amigo no tenían límite y superaban á todo lo que en las cabezas más extraviadas y llenas de necedad estamos acostumbrados á ver.

— Internándose—continuó—, se veía que la arquitectura antigua dominaba allí, variando sus más hermosos estilos. El decora-