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Theros

á la tentación de dar chascos; que se complacía en deshacer las fiestas, en trastornar el tiempo, en soltar los fríos del Norte después de sofocantes horas, y que se divertía mucho viendo el descontento de la gente madrileña.

Añadió que no pudiendo eximirse de asistir á francachelas y comilonas, la obligaban á empinar el codo, y que una vez alterado el sentido, hacía las mayores locuras, casi sin darse cuenta de ellas.

Yo le dije que la veía camino de Leganés si se repetían sus pesadas bromas; pero ella, riendo de mi enfado, me contestó que al día siguiente el calor sería más insoportable.

Así fué en efecto, por lo cual tomé las de Villadiego hacia el Norte, metiéndome en el tren al pie de la montaña del Príncipe Pío; y he aquí que no había andado dos metros la máquina, cuando mi compañera y amiga tomaba asiento junto á mí.

VIII

«Madrid es feliz—le dije — si usted le abandona.

— No, porque allí dejo mis delegados, que son como yo misma. »