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B. Pérez Galdós

jamás se vió hacer cosa alguna á derechas ni conforme a lo que todos hacemos en nuestra ordinaria vida.

Pocos le trataban; apenas había un escaso número de personas que se llamaran sus amigos; desdeñábanle los más, y todos los que no conocían algún antecedente de su vida ni sabían ver lo que de singular y extraordinario había en aquel espíritu, le miraban con desdén y hasta con repugnancia. Si había en esto justicia, no es cosa fácil de decir, así como no es empresa llana hacer una exacta calificación de aquel hombre, poniéndole entre los más grandes ó señalándole un lugar junto á los mayores mentecatos nacidos de madre. Él mismo nos revelará en el curso de esta narración una porción de cosas, que serán otros tantos datos útiles para juzgarle como merezca.

Vivía en el cuarto piso de un endiablado caserón, de donde nunca salía, á no ser que asuntos urgentes le llamaran fuera de casa.

Esta era de tal condición, que en otro siglo menos preocupado la fantasía popular hubiera puesto en ella todas las brujas de un aquelarre.

En la época presente no había allí más bruja que una tal doña Mónica, ama de llaves, criada é intendente,