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LA GUERRA GAUCHA

Un poco á retaguardia gesticulaba el jefe. Varias veces habíalo embestido el sargento, sin resultado. Entonces, al paso que los escuadrones concurrían en un movimiento definitivo, entre la alharaca, los sablazos, los corcovos — el trajín del entrevero a punta y hacha que erigía sobre el faldeo sus encrespaduras — el insurrecto desprendió su lazo para insistir otra vez.

Cruzó sobre las cabezas el serpenteo de la "armada", cogió al realista, y en un cimbrón salió éste peloteando como un rollo de trapos. Un vítor consumó el incidente que decidía por los montoneros la victoria. Ni uno solo de los forrajeros capituló. Y en tanto que algunos vencedores conquistaban las mulas, otros iban recogiendo los sables, las tercerolas, clavados de punta en la persecución para que no se perdieran entre los pastizales. Luego la selva se interpuso. Apagáronse en la lejanía dianas y vítores...

No quedaban sobre el campichuelo más que los cadáveres desnudos, negreando sus mentones con la pólvora de los cartuchos mordidos. La barba de uno flotaba sobre su pecho, y en la quietud que la muerte implica, el hombre aquel parecía vivo.


Con rico botín concluían su jornada los patrio-