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VADO

mundo de moléculas luminosas. Largas titilaciones rameaban de oro los remansos. Más lejos, sobre alguna piedra la corriente jaquelaba sus cristales. Un retazo de planicie verde seguía; después el bosque en una descolorida neutralidad; y sobre el último plano la serranía, inflamándose toda en rosa al ponerse el sol.

Eso, si bien reducía sus ímpetus, no desterraba sus inquinas. El espíritu de la comarca en guerra iba penetrándolo. Y aunque en idiomas sólo sabía el de los arreos, formados por silbidos: breves para los yeguarizos, melancólicamente prolongados para los vacunos, sus ojillos se taimaban cuando oía relatos de combate. Los montoneros, con afección compasiva, lo apodaron el Tontito de la Patria.


Urgía á los maturrangos la incorporación con su columna que barruntaban próxima. El muchacho trotaba por la ribera, cantando con voz bajita, aunque muy dulce, una tonada del país. El silencio de la tarde se imponía. Apenas sonaba el chacoloteo de una herradura en los guijarros, el choque de una vaina, el rumor del río que repuntaba, equivalente por lo monótono á silencio. A ratos un pez, con repentina cabriola, emergía en un lampo breve. El olor anisado de los juncos