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los sentimientos. Es preciso acorazarse de enerjía, ser fuerte i ser un eterno vencedor para poder esclamar con el lírico latino: «Con qué furor te amo, oh Vida!»

Es este talvez el mayor peligro del intelectualismo para los escritores jóvenes. La autosugestión pesimista tomada como razón espiritual es peligrosa como disciplina i aun como fuente de belleza, sobre todo si se estreman sus recursos i se hace de ella una necesidad psicofísica. Quien así viva encerrado en su castillo interior será un ciego cargado de prejuicios ante la vida que bulle en su rededor. La personalidad se forma por esperiencia directa jamas por imitación.

«La Gruta del Silencio» me ha sujerido tales reflexiones pues en dicho libro veo todas las excelencias i todos los defectos de una marcada tendencia lírica que en la América latina comienza a dar verdaderas flores de pesadillas entre los jóvenes. El propio dolor de aquel fuerte Evaristo Cariego, que se fué en