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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/98

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—«¿De manera que si usted no se hubiese fijado en que faltaba la cuarta costilla del esqueleto que tiene en su casa, como faltaba en el del Doctor Pineal, no se descubre nada?»

—«¡Nada! Vea, señorita: ahora no puedo hacer otra cosa que felicitarme por haber dado término á su obra; porque, se lo juro, su venganza, digna de un Schariar, ó de cualquier bárbaro semejante, ha concluido! ¡Qué bien dijo Napoleon I al afirmar que todas las mujeres eran mejores ó peores que los hombres! Si; ha concluido.»

—«¿No vé usted que estoy serena ya?»—dijo sonriendo.

¡Qué barbaridad! ¡qué dientes! ¡irradiaban luz sobre el carmin de los lábios!

—«Entónces me permitirá usted que le haga algunas preguntas.»

—«Las que usted quiera.»

—«¿Cuál fué su primera víctima?»

—«Nicanor. Pero ¿para qué quiere usted hacerme preguntas, si ya lo ha reconstituido todo?»

—«¿Qué veneno ha usado usted?»

—«Un alcalóide de una planta del Perú.»

-«¿Su nombre?»

—«Cryptodynama purpurea

—«¿Y es posible que esa planta contuviera tal veneno y escapara á las investigaciones de los químicos y de los fisiólogos?»

—«Eso es más de lo que yo sé; pero es un hecho.»