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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/91

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—«Tenga á bien esperarme un momento; voy á abrir la sala.»

Abrió la puerta del aposento que seguía y encendió luz. Un minuto despues, ví que se iluminaba la sala. Sonaron las fallebas, y penetré allí.

—«Señorita» —le dije antes de tomar asiento— «mi espíritu goza en este instante de una claridad extraordinaria; pero siento el corazon oprimido, y temo que, para desarrollar el tema que me ha obligado á incomodarla, no sea éste el mejor aposento de la casa. Mi voz no es suave como el perfume que usted usa, y los acentos de la pasion la elevan á tonos de una resonancia que puede transparentarse por ventanas que dan á una calle no situada en el desierto.»

—«Es verdad. Permítame usted correr estas cortinas, y pasaremos á la pieza inmediata.»

—«¿Nadie podrá oirnos desde el patio?»

—«Nadie.»

Atravesando una portada que cerró luego, penetramos en la antesala.

Allí había un harmonio y un piano. En las paredes, los dos cuadros de Beethoven y de Weber que ya conocemos. En un armario-biblioteca, muchos libros, en cuyos lomos, casi disimuladamente, leí nombres de autores científicos. Un pequeño sofá de ébano con tela de damasco aterciopelado, algunas sillas, un estante con cuadernos de música. En el atril del piano, abierto en la primera página,