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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/8

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avaasallador de una ciudad en la que se respira una atmósfera intelectual y necesaria.

Al rumor de los torrentes, reemplazaba el tumulto de los grandes centros urbanos; al aroma de los bosques, el humo de 40 000 cocinas; al poncho el sobretodo; á la montaña de cima nevada el frontispicio corintio; al asador la parrilla, al cuchillo de monte el cubierto, y al rebenque la lapicera.

A las primeras preguntas, responden las promesas de próximas narraciones de lo que no se escribe. La correspondencia está ahí, toda íntegra. Al través de las leguas, el itinerario se ha seguido por el telégrafo y sobre el mapa, y las interrupciones y espectativas que motivó el desierto se compulsarán mas tarde con los apuntes de la cartera de viaje.

Procedamos con órden. Coloquemos las colecciones bajo techo, no sea que una llúvia inesperada penetre en los cajones y las dañe. Ya está. Y despues de una policía personal tan minuciosa como sea posible, que comienza en la peluquería y continúa en el baño, vamos á la mesa, y demos rienda floja á las curiosidades respectivas.

En la série de preguntas y respuestas se perfila el deseo de conocer los tesoros recogidos en lejanas comarcas. Los cajones se abren. Al aparecer una mariposa de espléndidas alas, brotan en coro las exclamaciones, y al brillar el plumaje rutilante de un picaflor de fuego, se oyen blasfemias femeninas que lo elogian como adorno del tocado.