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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/71

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—«Y lo hallaron....»

—«En el alma de Aristófanes.»

—«Ya vé, pues.... Pero.... vamos á llegar á casa. Usted tiene razono Yo tambien estoy convencido de que esos dos esqueletos pertenecen respectivamente á Mariano N. y á Nicanor B.»

—"Si tenía que caer al fin en eso, hombre.»

—«Pero debo prevenirle que ¿eh? ni una palabra de todo esto.»

Llegamos á casa y despachamos al cochero.

Sin detenernos un instante, penetramos en la sala y encendimos luz.

Mi amigo tomó asiento, y, por mi parte, me acerqué á un mechero y examiné el pedazo de papel que había secuestrado de la cómoda de Antonio.

Entónces tuve oportunidad de observar que era un final de carta, de la que sólo quedaban algunas palabras, y, de éstas, una mina, un tesoro, una revelacion ¡un nombre!

—«¿Me dá usted su palabra de honor de no confiar á nadie ni siquiera un gesto de lo que debemos reservar, especialmente lo que voy á mostrarle?»

—«Se la doy.»

—«Vea este papel, y particularmente lo que dice.»

Manuel quedó estupefacto.

Sólo le había faltado adivinar aquello.

—«¿Qué es? ¿que es?»—pregunta un lector impaciente.