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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/67

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—«Pierdan ustedes cuidado. Por su parte, no se olviden de Nicanor ¿eh?»

—«Señora, aquí están nuestras tarjetas, y sírvase disculpar la molestia que le hemos causado.»

—«De ninguna manera.»

—«¿Nos permite usted retirarnos?»

—«Son ustedes dueños.»

—«Mil gracias; señora, á los piés de usted.»

—«Pásenlo ustedes muy bien.»

Cuando el carruaje volvió á andar, mi compañero estaba sério

—«Amigo»—me dijo—«esto es muy interesante.»

—«Y para mí más; porque no sólo debo agradecerle sus datos frenológicos comunicados, sinó tambien los que me reserva.»

—«Déjese de embromar.»

—«Nó, es que ahora yo traigo mi pañuelo perfumado con el aroma que usaba Antonio Lapas, y se me ocurre que un artista como usted podría solicitármelo para su coleccion.»

—«La verdad es que debe haber sido un agua exquisita. Pero, vamos á lo sério.»

—«Lo más sério ha sido la resistencia que me ofreció el cajon; no quería cerrarse.»

—«Lo más sério ha sido la cuestion del ceño falsificado, y los ojos negros del tamaño...»

—«De un plato. Mire, amigo; en estas ocasiones, los ojos deben abrirse del tamaño de una sandia;

¿Vió usted cuando metí el pañuelo en el cajon?»