Abrir menú principal

Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/65

Esta página ha sido validada
— 65 —

—«¿No era amigo de pasear?»

—«Jamás. Cuando vino á esta casa, recomendado por Nicanor, era á fines de Invierno. Salía temprano, envuelto en una capa, y decía que iba al Hospital. Volvía á eso de medio día, se le llevaba de comer á su cuarto, y no salia más. Muy rara vez comía en familia. Fuera de su carácter, lo único que nos llamaba la atencion era un perfume exquisito que usaba.»

—«Es verdad; así nos lo han dicho. Y ¿á qué se parecía ese perfume?»

—«No sé á qué podría compararlo. Tenía de todo y de nada. Debe haber tenido sándalo, porque en esa cómoda se conserva un poco de olor, pero muy poco. Ahora verán ustedes.»

La cómoda era de cuatro cajones. La señora abrió el de arriba y nos acercamos. Era el mismo olor que ya conocíamos, y la dueña de casa tenia razon, porque, á pesar de ser muy ténue, ofrecía un poco del sándalo.

—«¿No se conservará mejor en los otros cajones?»

—«Puede usted abrirlos, si quiere; lo que es yo, no me animo, porque estoy muy vieja y muy gruesa, y no me puedo agachar.»

Al abrir el de abajo, vi un pedazo pequeño de papel, adosado á la tabla del frente y me pareció que en él habia algo escrito.

—«¿No tenía "Igunos cuadros en las paredes?»