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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/64

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más lindo. En aquella ocasion que les dije, se había olvidado de cerrar su cuarto y lo dejó abierto, así es que pude entrar, y sin querer lo desperté. En cuanto se dió cuenta de lo que era, se puso los anteojos y marcó el ceño. Sí; ese mocito debía tener historia. Ningun muchacho con los ojos tan lindos se los tapa. Pues ese retrato está bastante parecido.»

—«¿Está ocupado el cuarto que habitaba Antonio?»

—«En este momento no.»

—«¿Y lo ha estado despues que él se retiró?»

—«Sí, señor; sucesivamente por dos personas.»

—«¿Nos permitiría usted visitar ese cuarto?»

—«¿Por qué nó?»

La señora nos llevó á un aposento interior amueblado con toda semcillez, tanto que la única diferencia que ofrecía con el de la casa del Señor Equis, era que, en vez de armario, había allí una cómoda.

—«¿Ustedes lo conocieron?»

—«No, señora; recien hace poco que hemos tenido noticias de él, con motivo de las cartas de la familia.»

—«Pues vea usted lo que son las cosas: yo no sabia que tuviera familia; jamás le oí decir una palabra.»

—«Parece que era muy reservado ¿verdad?»

—«A matarlo.»