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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/63

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muy atento, eso sí, no le teníamos tanta simpatía como á Nicanor .»

—«¿Qué edad podría tener?»

—«Jovencito; como de veintiun años.»

—«¿Y el tipo?»

—«Lindísimo; tan lindo, que las muchachas de nuestra relacion se pirraban por él.»

-«Sin embargo, nos ha dicho una persona que le conoció, que era antipático por el ceño adusto y los anteojos negros.»

—«Vea, señor; para mí ese muchacho era un misterio. En cierta ocasion, estando en la mesa, entraron algunas niñas al comedor, y le pidieron que se sacase los anteojos para verle toda la cara."

—«¿Y consintió?»

—«¿Qué había de consentir?! Dijo que jamás haría tal cosa, porque tenía unos ojos tan feos y repulsivos que solamente al vérselos le tomarían odio.»

—«¿Entónces por eso los usaba?»

—«Mentira de él no más. Cierta mañana entré yo á su cuarto, y lo encontré dormido y sin los anteojos; pero metí bulla en el lavoratorio y se despertó sobresaltado. El ceño era farsa, y los ojos ¡qué cosa, señor! yo no he visto ojos más divinos; eran como para enloquecer á cualquier polla. Unos ojos grandes, negros, aterciopelados;—la verdad es que no eran ojos para un hombre»

Saqué la tarjeta fotográfica y se la hice ver.

—«Sí,» —dijo— «por este estilo, así era; pero