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Página:La bolsa de huesos - Eduardo L. Holmberg.pdf/61

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V.


LA LETRA.

Una vez allí, nos apeamos y golpeamos.

Salió á recibirnos una negra jóven, á la que preguntamos por el dueño de casa.

—«Aquí no hay dueño de casa, sino dueña.»

—«Muy bien ¿se puede ver?»

—«Voy á avisarle.»

Un momento despues, apareció en el patio una señora gruesa y entrada en años.

—«Adelante! señores.»

—« Manuel»—dije entre dientes— usted que es más amable, encárguese de averiguar de esta señora lo que el Doctor Pineal averiguó en la Facultad.»

Mi compañero hizo una cortesía, y dijo:

—«Señora: venimos á molestar á usted, y no hemos querido traer una presentacion, porque el objeto de nuestra visita no la reclamaba.»

—«Pasen ustedes á la sala.»

—«Como usted guste.»